Friday, March 28, 2008

¿ME AMAS? APACIENTA MIS OVEJAS

¿ME AMAS? APACIENTA MIS OVEJAS

Palabra / Juan 21:1-25
V. Clave / Juan 21:15

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos.

En ésta palabra se manifiesta el amor de Jesús hacia sus discípulos que les quiere restablecer. Ellos estaban hundidos en la decepción al ver cómo Jesús moría en la cruz. Ellos habían tejido un sueño durante tres años, y esos sueños se habían desvanecido. Ellos no recordaron las palabras de Jesús que les había advertido con tiempo que estas cosas sucederían, y solamente cayeron en depresión. También, a pesar de que después de haber resucitado Jesús en persona se había aparecido a sus discípulos, ellos guardaron esto como mera fantasía en su corazón. Tal vez pensaron que había sido un sueño, pues no habían podido dormir bien por causa de su tristeza. En especial Pedro estaba desconsoladoramente triste. Él mismo había dicho con su boca que no dejaría sólo a Jesús, y que estaba dispuesto a dar su vida por él. Pero a la mera hora, él negó a Jesús tres veces. Entonces tendría un dolor muy fuerte en su corazón y le remordería la conciencia. Cada vez que cerraba los ojos recordaría la escena donde negó rotundamente ser discípulo de Jesús, y vería los rostros de la gente apuntándole, y en ello despertaría. Y así sucedería cada vez que cerraba los ojos. Quería sacarse ese suceso de su cabeza, pero no podía. Finalmente, Pedro decidió ir a pescar. El quería olvidar sus últimos tres años. Se sentía un gran fracasado. Pensaba: ‘¿De qué sirvieron éstos tres años? Cuando Pedro fue, otros seis discípulos que estaban con él le siguieron. Pero esa noche no pudieron pescar nada. Ahora eran más que fracasados. Habían fracasado como discípulos de Jesús y ahora habían fracasado como pescadores. Entonces, cuando iba amaneciendo, se apareció Jesús en la playa.

¿Qué hizo Jesús? Les dijo: “Hijitos, ¿tenéis algo de comer? (v.5) Jesús les llamó hijitos. Jesús no les regañó a éstos discípulos por estar derrotados, ni les reprochó haberle abandonado. A pesar de su fracaso, Jesús les vio con el propósito con el cual Dios les había establecido para que fueran pastores para todas las naciones. Por otro lado, los discípulos estaban tan inmersos en sus pensamientos de fracaso que no pudieron reconocer a Jesús. Cuando oyeron la pregunta que les fue hecha, ellos respondieron que no. Entonces Jesús les mandó a que echaran las redes a la derecha y hallarían. Así lo hicieron ellos y en el versículo 6 manifiesta que eran tantos los peces que no podían sacar la red. Al ver esto, Juan reconoció que era Jesús quien les había dicho esto. Él recordaría el evento que sucedió en los primeros días cuando apenas comenzaban a seguir a Jesús. Luego le comentó a Pedro. En ése momento él también recordaría aquel suceso hace tres años. Entonces Pedro se vistió y fue hacia Jesús. Aunque él había fracasado abandonando y negando a Jesús, él tenía bien claro quién era Jesús. Siendo Jesús el Hijo de Dios, Pedro no podía estar delante de Jesús con cualquier facha. Él se vistió bien a pesar de que debía echarse al agua a nadar, porque Jesús es el Príncipe Celestial, y Pedro sabía que debía estar bien vestido ante su presencia. Aunque Jesús les había dicho a los discípulos que ellos eran sus amigos, Pedro reconoció que antes que amigos Jesús era su Maestro, su Cristo, su Rey, a quien le debía todo su adoración y respeto. Aunque antes Pedro falló, ésta vez no se equivocó, sino que tuvo una actitud muy correcta.

Cuando Jesús les mandó a que echaran las redes a la derecha de la barca, quiso ayudarles a salir del fracaso como pescadores. Ahora, ya que habían llegado a la playa con todos los peces, Jesús les quiso restablecer de su fracaso como sus discípulos. Cuando ellos llegaron a la playa, vieron que ya estaban puestas las brasas, un pez y pan. Pedro, aunque había sido el primero en llegar, estaría solamente parado con la mirada hacia las brasas. Estaría como un niño que hizo algo malo y está delante de su padre. Él quería decirle algo, lo que sea, pero las palabras no salían de su boca por causa del nudo que tenía en la garganta. Aunque estaba emocionado de ver a Jesús, el sólo recordar aquella noche en que negó tres veces a Jesús, le harían que tuviera ganas de llorar. Él no podía ver a Jesús frente a frente. De igual manera, los otros discípulos que llegaron después, bajarían de la barca, pero ninguno se atrevería a hacer algún comentario. Entonces Jesús les dijo: “Traed de los peces que acabáis de pescar.” (v.10) Pedro inmediatamente fue, subió a la barca y sacó los peces. Dice el versículo 11 que habían sido ciento cincuenta y tres. Después Jesús les dijo: “Venid, comed.” (v.12) Éstas palabras eran la invitación de Jesús a sus discípulos a estar en su amor, en su gracia y en su perdón.

Todas las cosas en el mundo cambian. El universo cambia. La política cambia. La sociedad cambia. El amor de los hombres también cambia. El que ayer me caía bien, mañana me puede caer mal. Pero una cosa no cambia, esto es el amor de Jesús. Su amor es siempre fiel. Es en lo único que podemos confiar que nunca cambiará. El apóstol Pablo pudo expresar muy bien éste amor de Jesús en Romanos 8:38, 39: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

A través de éste desayuno, los discípulos estuvieron felices y en paz, pues recibieron el amor del perdón de Jesús. Ellos fueron levantados cuando cayeron en la decepción y el sentimiento de fracaso. Pero había uno que todavía llevaba una carga pesada, éste era Pedro que en su interior todavía sufría por haber negado a Jesús públicamente. Por eso Jesús habló sólo con Pedro. Él le dijo: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?” (v.15) Viendo una serie de televisión llamada Shark, cada vez que están en la corte, cuando los fiscales o los abogados hacen una pregunta sobre algo muy delicado en la vida de los testigos, éstos inevitablemente lloran y tardan rato en responder, no importa qué tan rudo y varonil parezca el testigo. De la misma manera, cuando Jesús hizo esta pregunta a Pedro, sentiría que su corazón se retorcía y el nudo en su garganta era un nudo ciego que no lograba encontrar cómo desatarlo. Si Jesús hubiera preguntado esto a Pedro antes de su arresto, Pedro, sin dudarlo ni un solo segundo, hubiera gritado a los cuatro vientos que le amaba incondicionalmente. Pero ahora le era imposible. Él solamente pudo responder: “Sí, Señor; tú sabes que te amo.” (v.15) Pedro quiso manifestar clara y sinceramente que amaba a Jesús, pero por causa de sus actos pasados no se sentía capaz de reconocer que amaba a Jesús. Se sentía indigno de ese amor. Pero también él confió en que el Señor conocía su corazón. Él le dijo: “…tú sabes que te amo. Ésta respuesta de Pedro era de un hombre que había madurado. Él ya no contestó emocionalmente, sino que reconoció que el Señor conoce los corazones de los hombres y él no le puede esconder nada. Él reconoció que no era digno del amor de Jesús, pero que le seguía amando.

Por otro lado, Jesús no regañó a Pedro. No le dijo: ‘Ya ves, te dije que oraras para no caer en tentación y no me hiciste caso. No le reclamó por haberle negado. Jesús quiso restaurar la relación de amor entre Jesús y Pedro. Jesús se acercó primero a Pedro. Pedro por sí mismo no era capaz de hacer nada para restaurar la relación con Jesús. Por eso Jesús se acercó a él. Luego, Jesús no le recriminó nada, sino que le ayudó a confesar su amor por Jesús. Luego, Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos. Jesús le da una dirección de vida a Pedro y le dice que si le ama, sea el pastor de sus ovejas.

Pedro había negado a Jesús tres veces, y Jesús le preguntó tres veces a Pedro que si le amaba. Así Jesús hizo que Pedro se levantara por completo de su fracaso pasado, y ahora le impulsa a ir hacia delante. A través de esto aprendemos, primero que Jesús quiere que le amemos incondicionalmente. El primero y el más grande mandamiento es amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda el alma, y con todas nuestras fuerzas. Por eso primero Jesús le preguntó a Pedro si le amaba más que a éstos. Éstos son todo lo demás, aún nuestra propia vida.

Segundo, Jesús quiere que seamos pastores de sus ovejas. Cada vez que Pedro afirmó su amor a Jesús, Jesús le mandó a apacentar a sus ovejas. Durante tres años Pedro había crecido como oveja, pero ahora era tiempo de ser pastor. Ya era tiempo para que él siguiera los pasos de Jesús, y tuviera amor por aquellos que no conocían la palabra. Era tiempo de que fuera imitador de Jesús, y en lugar de buscar su propio bien, buscara el bien de otros, que fuera un buen pastor que esté dispuesto a dar su vida por las ovejas.

Tercero, Jesús quiere que crezcamos espiritualmente mediante las pruebas. A través de ésta prueba Pedro pudo crecer reconociendo que Jesús le conocía mejor que él mismo. Él ya no dependió en sí mismo, sino que dependió en Jesús. Ésta fue la base del crecimiento de Pedro. Por eso en su primera epístola pudo escribirles a los cristianos de aquel siglo: “…para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo…” (1P. 1:7) Él mismo experimento que las pruebas purifican la fe.

Finalmente en los versículos 18 y 19, Jesús le declara cómo va a ser su vida. Antes él hacía lo que quería. Pero conforme creciera en la fe, él tendría que controlar su propia libertad y vivir negándose a sí mismo para servir a otros y ayudar a otros. Él debía controlarse a sí mismo para dejar a un lado sus emociones y deseos humanos, y en lugar de éstos, servir a la voluntad de Dios y buscar agradarle.

Hace dos años, Dios me había establecido para servir el mensaje de ésta palabra. En aquel tiempo estuve muy agradecido a Dios por darme ésta palabra, pues en aquel tiempo tuve muchas luchas, hasta llegar a pensar en dejar la obra de Dios, porque yo mismo no me sentía digno de servirle. Pero meditando en ésta palabra, Dios me fortaleció y restauró la relación rota que tenía con él, y me ayudó a levantarme de mi auto-condenación y mi sentimiento de fracaso como siervo de Dios. Luego de eso renové mi decisión de servir a Dios, y me esforcé en servir en la obra. Confiando en el amor de perdón de mi Señor, cada vez que caía en pecado, fui delante de mi Señor. Pero descuidando mi corazón, y pensando en que he servido mucho en la obra, me había apartado de los campos universitarios. Reconozco que el que no haya participado más de veinte ovejas en la Academia de Semana Santa y que no haya podido ayudar bien a D. Carlos a participar en la Academia, son en gran parte por causa de mi falta, pues aunque otros pastores se sacrificaron para salir a pescar, yo, teniendo todo el tiempo del mundo, apenas salía dos o tres veces a campos a pescar. Me justificaba diciendo que tenía varias cosas que hacer y que tenía ovejas fieles con quiénes estudiar. Así dejé a un lado el salir a pescar. También me confié mucho en que D. Carlos había participado fielmente en todas las actividades del Centro, por lo que no oré mucho por él a pesar de conocer su dificultad. Pensé que había otras ovejas que necesitaban de más oración, y que él eventualmente participaría en la Academia. Me arrepiento por tener un pensamiento muy simplista y no tener un corazón verdadero de pastor para orar y servir a las ovejas hasta el final. Durante la Academia me sentía muy pesado en mi interior, porque de por sí tenía una lucha interna por causa de otros problemas tanto personales como por la fraternidad, el que no hayan participado las ovejas, y especialmente que D. Carlos no participara ningún día de la Academia me hizo pensar seriamente que había fracasado totalmente como director de la fraternidad.

Pero mi Señor me da otra vez ésta palabra para que renueve el amor hacia mi Señor, y crezca para servir a las ovejas. Mi Señor Jesús me dice a mí: ‘Si me amas, ve y apacienta a mis ovejas. La muestra verdadera del amor a mi Señor es a través de apacentar a sus ovejas. Amo a mi Señor, y él lo sabe. Oro para poder demostrar éste amor a mi Señor a través de servir continuamente tanto a la fraternidad como al CUAAD. Oro porque diariamente salga a campus a pescar, y de diez estudios uno a uno por semana. Oro también porque pueda servir con fidelidad a la fraternidad. Por eso oro porque tenga sabiduría para saber cómo servirles, y no deje de orar por cada uno de los miembros. Oro porque de la Fraternidad de CUAAD puedan crecer los pastores que apacienten a las ovejas de nuestro Señor Jesucristo, y podamos manifestar nuestro amor por nuestro Señor. Oro porque cada uno de los miembros podamos crecer arraigando nuestra fe en la palabra.

Una palabra: Apacentar a las ovejas de mi Señor.

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