Tuesday, June 9, 2009

DIOS DE ARRIBA EN LOS CIELOS Y ABAJO EN LA TIERRA

Dios de arriba en los cielos y abajo en la tierra

PALABRA/ JOSUÉ 2:1-24

V. CLAVE/ JOESUÉ 2:11

Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.

Rayaba el alba cuando en el campamento de los forasteros se veía la silueta de un hombre de ojos penetrantes que, con su mirada fija hacia el horizonte, veía cómo el titán se levantaba. Conforme la dama de la noche se despedía, el gran lucero aparecía poco a poco. La oscuridad huía despavorida mientras la luz daba su marcha hacia adelante y ganaba terreno. Pero en medio de esa silenciosa guerra, se aparecía una imponente figura haciéndole frente al gran lucero, sin bacilar, firme como roca. En sus piedras se podía ver claramente que en el pasado hubo muchas guerras en ese lugar, pero poco pudieron hacer contra ella. Con el gran lucero delante de ella, el gran gigante, con sus grandes y pomposos muros, manifestaba su grandeza y fuerza.

Pero aquellos ojos penetrantes en el campamento de los forasteros, no se dejaba impresionar. Llamó a dos hombres ligeros como las águilas y ágiles como las zorras para que fuera y estudiaran a aquel coloso. Dicen que entre más grandes son, más fuerte caen. Los forasteros parecían hormigas ante aquel gigante, pero las hormigas son capaces de cargar 40 veces su peso.

Los hombres que fueron enviados se difuminaron en la luz, y como espectros llegaron a aquel titán. Con maña y con astucia lograron entrar para conocer las entrañas de aquel imponente coloso para que se dieran cuenta de que era más el temor que éste les tenía a los forasteros, de lo que los forasteros pudieron haber pensado que ellos temían del coloso. Cuando se pronunciaba el nombre de aquel gigante, toda la tierra de Canaán temía. Pero en ésta ocasión, no era así. Jericó había cerrado puertas y ventanas para evitar que Israel siquiera se les acercara. Casi como si fueran espectros, entraron en la casa de una ramera. Un lugar estratégico para pasar desapercibidos, pues había gente de todas las tierras. Pero el señor de la casa tiene muchos ojos, y los muros de la ciudad tenían oídos. El susurro de las paredes llevaron la noticia a los guardias, los cuales desplegaron una maniobra digna de un reino con ese renombre.

Sin embargo, con que un órgano del cuerpo no desempeñe su función correctamente es suficiente para que el más valiente y fuerte se enferme y no pueda luchar. Eso le pasó a Jericó. Rahab, la dueña de la casa a la que los espías habían perpetrado, decidió esconder a los espías y salvarles. ¿Por qué hacer tal cosa? ¿Por qué traicionar a su país y a su gente? Si fuera un país débil contra uno fuerte, se podría entender sin necesidad de razonar mucho. Pero el panorama no era así. ¿Por qué Rahab le dio la espalda al gigante y se unió a los forasteros?

El sol sale todos los días del este e ilumina toda la tierra. Pero está en cada quien verlo o no. Quien se tape los ojos, puede decir que sigue muy oscuro, no importa qué tan fuerte brille el sol. Rahab había escuchado cómo Jehová sacó a Israel de Egipto, los hizo pasar por el Mar Rojo como por tierra seca, y había derrotado a los reyes que estaban del otro lado del Jordán. Ella reconoció que aún un titán como Jericó, no era nada delante de Jehová. Cuando ella vio a Israel, no veía a los forasteros que llegaban del otro lado del río, sino que vio la grandeza y la omnipotencia de Jehová. Ella les dijo a los espías: “…porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.” (v.11) Así, ella les hizo que juraran ante Jehová Dios para que la salvaran a ella y su familia cuando Dios decidiera tumbar al coloso. Ella no había sacrificado su vida para salvar a dos extraños por bondad. Ella quería asegurar su salvación. Con esto hizo un pacto con los espías, y les mostró cómo evadir a los soldados y regresar a su campamento. De ésta manea, la silueta de estos dos hombres, ligeros como águilas y ágiles como zorras, se desaparecieron en la oscuridad sin dejar rastro. E hicieron como Rahab les dijo, y regresaron al campamento, al hombre de los ojos penetrantes.

De ésta palabra aprendo de la fe de Rahab que reconoció a Dios con tan sólo mirar los hechos, y tuvo fe en la salvación a través de Dios. También aprendo de la fe y la obediencia que tuvo Rahab hacia los siervos enviados de Dios. Oro para tener fe en Dios, en su poder de salvación y su cuidado. Y oro para confiar y obedecer a los siervos de Dios.

Los hombres del mundo, a pesar de ver tantas obras de Dios, no reconocen a Dios. A veces ni los cristianos creemos en Dios, porque de palabra decimos que creemos, pero nuestras acciones manifiestan lo contrario. Muchas veces soy vencido por la incredulidad, porque a pesar de que a lo largo de mi vida Dios me ha mostrado su cuidado hacia mí y que sus caminos siempre son los mejores para mí, me aferro a querer vivir mi vida como yo quiero, y me aferro a querer hacer las cosas que yo quiero. Incluso me justifico a mí mismo con la palabra, no pensando en la esencia de la palabra, sino en el deseo que hay en mi corazón. Así, dudo de la dirección que Dios me da y dudo del cuidado que él me ofrece.

Pero Rahab, conoció a quién era Dios, aún en la ausencia de un pastor que le enseñara esta verdad. Esto manifiesta que quien verdaderamente quiere buscar la verdad, con o sin pastor, va a encontrar a Dios. Y al encontrar a Dios, ella se aferró a buscar su salvación. Ella creyó en que Dios tenía suficiente poder para destruir Jericó, pero también tenía suficiente poder para salvarla a ella y a su familia. Ella vio a los espías como enviados de Dios, y cuando ellos dieron su palabra, ella creyó en que Dios daba su promesa a través de ellos. Ella no sabía cuándo Jericó iba a ser destruido, o si aquellos hombres guardarían su palabra. Ella tenía solamente un cordón de grana en señal del pacto que habían hecho los tres. Pero ella confió en Dios. Por eso el autor de La Carta a los Hebreos dice: “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes” (Heb. 11:31) Jericó fue desobediente, pero Rahab fue obediente a Dios y a la instrucción de los siervos de Dios.

Muchas veces pensamos en por qué ciertas personas fueron establecidos pastores y otros no. Por qué unos pastores son establecidos pastores mayores y otros no. Juzgamos quiénes son pastores buenos y malos. Categorizamos y escogemos a quién le hacemos caso o y a quién no. Pero al hacer esto, solamente escuchamos lo que queremos oír, porque obedecemos a quienes nos dicen lo que queremos oír, y terminamos por no escuchar a Dios. Nos engañamos a nosotros mismos y nos hacemos tontos nosotros mismos con la excusa de que queremos guardar la palabra y obedecerla. La verdad es que Dios es quien establece a los pastores, y no está en nosotros juzgarlos a ellos, porque entonces estamos juzgando a Dios. Y, ¿quiénes somos nosotros para juzgar a Dios? Lo que está en nosotros es escuchar a Dios a través de sus siervos y obedecer, aunque la dirección parezca tan absurda como un cordón de grana. Creemos en Dios cuando buscamos la verdad. Pero encontramos el camino a la salvación cuando obedecemos a los siervos de Dios.

Estos días he estado necio en mi propio sentido de justicia por lo que no quise escuchar a la dirección y los consejos que me daban los siervos de Dios. Convencido de que mi pensamiento era los correcto, me molestaba considerando que lo que me decían era muy injusto. Pero meditando en la fe de Rahab, reconozco que no tengo la fe absoluta en Dios y la fe sencilla de obedecer a los siervos de Dios y esperar con paciencia en Dios. Me arrepiento por mi necio corazón, y oro porque crea en el Dios de arriba en los cielos y de abajo en la tierra, y creyendo en sus promesas sea yo humilde para obedecer a la dirección de los siervos de Dios y sencillo para escuchar los consejos de los siervos de Dios. Oro porque a través de esto también pueda crecer en mí un interior más sabio y paciente en Dios para poder ayudar a otros de igual manera.

Una palabra: Cree en Dios y obedece a los siervos de Dios.

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